Normas, decisiones y complejidad

Hace pocos días, se publicó en el sitio americanscientist.org un ambicioso artículo sobre el concepto de lo aleatorio. El autor, Scott Aaronson, trataba de elucidar bajo qué criterio podíamos distinguir una serie aleatoria de números de otra serie de números ordenados conforme cierto patrón, difícil de determinar, pero estructurante al fin de un orden en la serie. En otras palabras, si una computadora arrojaba “aleatoriamente” un número “9” y luego otro número “9” y luego otro y otro, ¿estábamos ante el resultado del azar, que se juega en cada nueva jugada, o ante un patrón que podía expresarse en una fórmula? ¿Si de repente apareciera en la serie un número 4, eso confirmaría el azar, o nos indicaría que nos encontramos ante un patrón más complejo?

Aaronson propone en el referido artículo, como criterio identificatorio de un número aleatorio, la característica de no ser susceptible de reducción a un algoritmo más simple. La explicación aparece como plausible y tiene un gran poder de seducción. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, tal conceptualización no permite distinguir azar de complejidad. Friedrich A. Hayek se inspiró en Kurt Gödel para proponer, como caracterización de un fenómeno complejo, aquél sobre el que, en atención a la heterogeneidad de sus elementos, ninguna teoría puede ofrecer su descripción completa, es decir, que no puede expresarse en un algoritmo más simple.

La noción de fenómeno complejo tiene sus raíces en el empirismo de David Hume: las relaciones entre los términos (una serie de números, por ejemplo) no se encuentran en los términos mismos, si no que son atribuidas por el sujeto (en nuestro ejemplo, le adjudicamos un patrón a aquella serie de números.) Desde el momento en el que el conocimiento general no proviene de los hechos si no que es atribuido a los mismos, tal conocimiento general no nos permitirá agotar el conocimiento de lo particular. En otras palabras, siempre habrá un elemento empírico en toda teoría.

Para continuar con nuestro ejemplo: podemos enunciar un patrón que explique la sucesión de una serie de números, pero estamos expuestos a que aparezca un nuevo número en la serie que nos obligue a revisar nuestra teoría. Cuando aparece un nuevo acontecimiento que se escapa a nuestras expectativas, lo que hacemos es reajustar la noción de orden que le atribuimos a la realidad. Lo que hace que una serie de acontecimientos configure un orden o estructura, y no sea caótica o aleatoria no es, por consiguiente, que las expectativas en torno a los acontecimientos siempre se cumplan, si no que exista un rango de acontecimientos que nunca se verifique, en otras palabras: que determinadas expectativas sean sistemáticamente frustradas.

Igualmente, la confusión entre azar y complejidad puede ser fecunda y arrojar más luz sobre la naturaleza de la segunda. Por ejemplo, Nicolás Maquiavelo culminaba “El Príncipe” con la afirmación de que la iniciativa era la virtud fundamental del político, ya que la fortuna tendía a favorecer más al arriesgado que al cauto. En términos poblacionales, vemos más hombres de éxito con iniciativa que sin ella ya que, para resultar exitosos, se tuvieron que conyugar dos situaciones: la decisión de asumir riesgos y que la oportunidad favorable efectivamente se haya presentado. En el conjunto de políticos sin éxito encontraremos a los cautos y también a los arriesgados (que no tuvieron suerte). Va de suyo que podemos sustituir “fortuna” por “complejidad” sin perder mucho del sentido de la idea.

Asimismo, The Economist publicó la semana pasada un interesante artículo sobre la relación entre la estructura del azar y laestructura de las decisiones. Todo parece indicar que efectivamente existen buenas y malas rachas, pero ello no se debe al azar si no a la estructura de decisiones que se toman frente a una situación difícil o imposible de comprender. Un jugador tiene a la suerte de su lado cuando, luego de ganar la primera apuesta, en las sucesivas va reduciendo su exposición al riesgo. Correlativamente en este caso, a menores riegos, menores ganancias pero también menores pérdidas, con lo que el resultado neto de todo el conjunto de jugadas es positivo. Paralelamente, si un jugador pierde en su primera apuesta, incrementar el riesgo de las sucesivas con la idea de compensar la primera pérdida sólo lo llevará a la ruina. En síntesis, una muy buena estrategia para lidiar con el riesgo es actuar como un sistema de retroalimentación negativa: a cada desvío del promedio estándar, responder con mayor moderación. Después de todo, la comparación con un sistema de retroalimentación negativa era la caracterización que F. A. Hayek hacía de la función del derecho y de todo sistema normativo en general, aportando mayor estabilidad y mejores resultados netos.

Publicado originariamente en http://www.ihumeblog.blogspot.com.ar , el blog institucional de la Fundación Instituto David Hume (www.ihume.org), de Buenos Aires, Argentina.

Useful neoconservative insights

It is not common for liberals to praise neoconservative thinkers. Regardless if this concerns domestic politics or international affairs.  While this normally makes a lot of sense, sometimes the liberals are clearly at fault. I recently re-read two of Robert Kagan’s most famous books: Paradise and Power: America and Europe in the New World Order (2003) and The Return of History and the End of Dreams (2008). The power of Kagan’s analysis struck me again in these two concise books, predominantly his balanced treatment of the enduring and dominant role of power in world politics. This is something not many liberals are keen to accept, the classical liberals excepted, most notably Hume, Smith and the certainly the hawkish Hayek.

In the light of the topical situation in Eastern Europe, let me quote a few lines from The Return of History.

  • ‘One of the geopolitical fault lines runs along the western frontier of Russia, [Ukraine included] with Russia on one side, and the European Union and the United States on the other. Instead of an anticipated zone of peace, western Eurasia has once again become a zone of competition.’
  • ‘If Russia was where history most dramatically ended two decades ago, today it is where history has most dramatically returned. Russia’s turn toward liberalism at home stalled and then reversed, and so has its foreign policy […….] Great power nationalism has returned to Russia and with it traditional great power calculations and ambitions.’
  • ‘Contrary to the dismissive views of many in the West, Russia is a great power, and it takes pride in being a force to be reckoned with on the world stage.’
  • ‘its oil and gas wealth has allowed Moscow to increase defense spending by more than 20 percent annually over the past three years’.
  • ‘This new sense of power today fuels Russian nationalism. It also stirs up deep resentment and feelings of humiliation […] such as acceptance of NATO enlargement, the withdrawal of troops from former Soviet republics and the ceding of independence to Ukraine, Georgia and the Baltic states.’

Recall this was in 2008 and it just a very brief selection. There was not much the liberals (of all persuasions) could have added to this. Liberals generally lack realistic let alone original views on world politics. That is simply not good enough, if they have intentions to widens the appeal of liberal thought. An embrace of neoconservative insights such as Kagan’s would be a good start.